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ENRIQUE VIDAL 11/06/2020

El derbi de las musas

En agosto de 1967, Mario Vargas Llosa, por entonces novelista emergente dentro del gran mosaico de las letras hispanoamericanas, defendía en una interview para la revista Imagen que “la literatura comienza donde termina el testimonio; de otro modo, sería periodismo, sociología o historia”.

Otro gran columnista y escritor como Javier Marías, en su magnífico libro recopilatorio de ensayos cinematográficos “Donde todo ha sucedido” (2005), plantea desde el propio título de la obra que las cosas cotidianas que nos ocurren en nuestra vida de alguna manera resultan familiares por haberlas presenciado antes en la gran pantalla.

Ciertamente, las lindes entre lo cierto y lo fingido, la verdad y la imaginación, pueden resultar ambiguas, como por ejemplo nos demuestra el cine, con la protagonista de esa maravillosa película de Woody Allen titulada “La rosa púrpura de El Cairo” (1985), o el personaje espejo de Madeleine Elster / Judy Barton en “Vertigo” (1958), de Hitchcock, pero generalmente (subrayo el adverbio) todos solemos tener claro cuándo estamos en un plano o en otro. La realidad, pertinazmente cruda por su nula compasión, se contrapone a la ficción al punto de que lo soñado cubre un vacío en nuestros corazones que de otro modo sería imposible. La literatura, instrumento paradigmático de la ficción, nos aleja del sufrimiento.

Todo esto que acabo de largar me pone a tono para introducir un asunto futbolero que siempre me ha parecido curioso, y no es otro que la insistencia recurrente de cierta caterva de insensatos, algo así como feligreses del enterismo ilustrado, por sostener, con orgulloso desdén, que el Sevilla F.C. carece de literatura; cosa que hacen, sin excepción, en contraposición con la que a su juicio goza y rebosa su Real Betis Balompié. Cabría preguntarse por qué sucede esto y por qué este mantra coincide en el tiempo con sus acostumbradas crisis de resultados.

Desde luego, en el sentido antaño expresado por el Premio Nobel peruano, no me cabe la menor duda de que el Sevilla F.C. no necesita literatura. Res, non verba o, más castizamente, obras son amores, que no buenas razones. El Sevilla F.C. no gasta juglares, hagiógrafos o creadores de mitos fabulosos que llevarse a la cama las largas noches de pirotecnia mojada. Nuestro club escribe su biografía con la blanca claridad de sus luces, el negro de sus etapas más sombrías, la sangre roja de sus fieles y la plata reservada a los campeones. En lenguaje cinematográfico, la trayectoria sevillista se contaría como un documental, bastaría con plantar una cámara delante y dejar que fluyese sola, libre de trucos y efectos especiales, sin enfatizar las formas en vez de la sustancia. Toda la magia de la narración reside en la autenticidad del relato, una historia de superación. Por eso nadie, ni propios ni extraños, podrá jamás distorsionarla, por mucho que perseveren. Les queda demasiado grande.

¿Significa ello que el Sevilla F.C. no tiene quien le escriba? En absoluto. Quien afirme esto será porque se encuentra bajo los efluvios de una osadía paleta e ignorante. O simplemente porque es un manipulador. Los Blázquez, Izquierdo, Smith, Ferrand, Luca de Tena, Barbeito o Machuca que podemos citar de carrerilla como una alineación de los 70, son sólo algunos de los ases de las letras sevillistas -¿verdad querido “niño” Aguilar?- que han dejado para la posteridad obras maestras y pequeñas suites de enorme belleza y profundidad, también críticas feroces y alegatos punzantes, pero ninguno de ellos ha tenido que recurrir a la fábula, el género fantástico o la ciencia ficción para componer la compleja y admirable historia del Sevilla F.C. El aficionado palangana tiene el privilegio de disfrutar de sus textos por puro deleite, para conocerse y reconocerse en ellos, para afirmarse y reafirmarse en sus sentires, no por razones terapéuticas ni para espantar fantasmas ancestrales.

Por el contrario, quienes fanfarronean alegremente de literatura no se dan cuenta, o tal vez sí, de que la necesitan en abundancia para compensar la obstinación de las estadísticas, para suplir el enorme vacío de la insatisfacción, la nada viscosa que les orada el deseo como incesante gota china. Se antoja entonces casi inevitable acudir a recursos como la predestinación, el fatalismo, la fascinación por los perdedores, la envidia de pena o el dulce encanto de ser víctima, temas clásicos del folclore popular ampliamente testados a lo largo de los tiempos y de las culturas, y tan caros, todos ellos, a la demagogia y el consumismo de masas.

Dar pena siempre resultó rentable. Hacerlo falsamente y en bucle es una inmoralidad. Según la profesora Amar Sánchez, en “Instrucciones para la derrota. Narrativas éticas y políticas de perdedores” (2010), su atractivo literario reside en que “el perdedor es una figura atravesada por la historia de su tiempo, es el resultado de una coyuntura trágica y, a la vez, se constituye como tal por propia decisión, es decir, deviene perdedor a partir de una consciente elección de vida”. ¿Les suena de algo? Manque algunos no lo crean, a mi sí. Por su parte, el ensayista italiano Daniele Giglioli, en su libro “Crítica de la víctima” (2017), proporciona las claves del éxito de la mitología victimista. No le cambio ni una coma: “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado”.

El universo literario verdiblanco es el espacio donde todas estas diatribas convergen, apuntando a un ogro, un villano que no es otro que el Sevilla F.C., especie de ballena blanca melvilliana, siempre detrás, por acción u omisión, de todo lo malo que le sucede al héroe, o mejor dicho, al antihéroe; meollo de su ira y, a la vez, objetivo aspiracional inconfesado. Culpable sumarísimo por ser guapo en un mundo de feos, por ser el listo que destaca en el pelotón de los torpes, por tener éxito, en definitiva, en un medio ambiente hostil, que fomenta el fracaso para justificar su desidia y decapita el talento para evitar cualquier comparación. No irrita tanto la diferencia como la vecindad, que aquel a quien consideras semejante (o incluso inferior) porque ello te reconforta, resulte, no accidental sino secularmente, citius, altius, fortius; esto es lo verdaderamente insoportable, más que la propia incapacidad. Cuando sucede lo mismo con suficientes kilómetros de distancia, el sentido de ajenidad troca la envidia en admiración. La literatura cumple aquí una función social como forma de evasión y de reconciliación en el dolor, trazada con ínfulas de romanticismo telenovelesco; tan repetida, tan interiorizada, que casi nadie la cuestiona, que se asume y normaliza como credo oficial aunque suponga traspasar de forma soez las fronteras de la honestidad. No importa anular el espíritu crítico de los adeptos, ni sacrificar la dignidad en aras de un mínimo parapeto intelectual, el fraude es mejor que la verdad y proporciona versos más dulces. Enhorabuena a los Discóbolo, Olmedo, Del Arco, Burgos, Hernández o García Reyes, y a todos los demás arquitectos de tan colosal trampantojo, gracias por los servicios prestados.

Termino. En pocas horas tendremos un nuevo y extraño derbi en el Sánchez-Pizjuán, con todo lo que ello significa, incluida la habitual exuberancia de pasiones y las dosis de mal gusto del personal que, al menos a mí, me aburren soberanamente. Poca influencia tiene cómo se llega, de hecho, creo que estamos más desorientados que nunca a este respecto. Si acaso, puede ser algo más relevante cómo se salga. Y yo, que nunca he sido de aventurarme en pronósticos, me animo a compartir con vosotros, al hilo de este engendro que acabo de perpetrar, un vaticinio para redimirme. ¿Clío? ¿Calíope? Si esta noche tan triste de fútbol herido de muerte gana el eterno rival, al margen de los desplantes y alharacas que cada cual necesite para expiar complejos y aliviar sus bajas pasiones, conversaremos de fútbol, goles, estrategia, aspiraciones, lo que incluso en tan contrariada tesitura, al menos será saludable. Pero si vence el Sevilla F.C., como siempre espero y deseo, los guarismos del pleito quedarán nuevamente silenciados por la lira verde y su tradicional tocata y fuga de lisonjas, lamentos de tribu maltratada y restante parafernalia de autoayuda para dummies, que para eso, como la tía Julia de Vargas Llosa, cuentan al final de la Palmera con buenos escribidores.

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