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El capitán maravillas

Ya me resultó sonoro su nombre la 1ª vez que fui consciente de estar en el RSP en la ya muy lejana fecha de 10-9-1961, en la grada se hablaba de que no iba alineado en un partido, 2ª jornada del CNL 1961-62, nada menos que contra el Ath. C. Bilbao, el “Bilbao”, que entonces se decía. Nuestro entrenador, Antonio Barrios, no lo pondría hasta la 4ª jornada contra el Real Zaragoza, y ya no lo sacaría del “once” prácticamente en lo que quedaba de temporada, excepción hecha en tres jornadas de la 2ª vuelta, una contra el eterno rival en Heliópolis (3-1), otra en casa contra C. A. Osasuna (0-0), y la última en Atocha contra la Real Sociedad (4-1). Sin duda, su ausencia la notaba el equipo.

Escribo sobre Marcelino Vaquero González del Río, conocido como Marcelo Campanal o Campanal II, seguidor claro de la saga familiar de su tío Guillermo. Lo vi jugar hasta su marcha al Deportivo en 1966. Cinco temporadas de las dieciséis que estuvo con nosotros.

Iba para atleta, pero se dedicó al fútbol. Llegó a Sevilla en 1948 traído por su tío Guillermo, el “gordo” de la delantera “stuka”, jugó en el Coria CF y luego en el CD Iliturgi de Andújar. Debutó en el primer equipo el 10-12-1950 siendo ya su tío entrenador del Sevilla contra el Ath. C. Bilbao tocándole bailar con la más fea, Rafa Iriondo. Fue once veces internacional entre 1952 y 1957, deportista del año en 1954, III Dorsal de Leyenda del SFC en 2011. El “capitán maravillas” y “Huracán de Avilés”, apodos que le señalaron para siempre. No voy a referirme a su afamada trayectoria sino a aspectos de su vida en el SFC que los tengo como míos:

1.-31-8-1958-Final del Carranza: Aunque no la presencié, dada mi corta edad, por las muchas personas que me contaron el desenlace del IV trofeo estival gaditano, y por posteriores visitas de nuestro primer equipo al Ramón de Carranza en partidos oficiales, pude hacerme una aproximación muy exacta de lo ocurrido. La versión madridista, pasa por alto el entradón de Marquitos a Arza, no sancionado por el sr. colegiado Blanco Pérez, que precedió al posterior tumulto entre Campanal y Kopa, por juego agresivo de aquél contra Santisteban. Desde un ángulo imparcial, el árbitro solicitó a Kalmar, entrenador del SFC, que cambiase a Campanal de puesto, a lo que el húngaro se negó. El sr. colegiado decretó entonces apresuradamente el final del primer tiempo. Según parece, en los vestuarios, la presión madridista sobre el colegiado se acentuó solicitando que Campanal debía ser expulsado, y si no, el RMCF se retiraba del torneo. El Sevilla aceptó entonces sustituirlo, salía del campo, pero quedaba con once.

La versión oficial de los capitalinos plasmada en la prensa oficial del madridismo de la época (BOLETÍN REVISTA OFICIAL REAL MADRID-1958, Nº 98) a la par que nos daba “lecciones de fútbol y caballerosidad”, ponía a su club como víctima y acusaba al Sevilla de quererse retirar si Campanal era expulsado, y el pobre de Santisteban era presentado como víctima del “juego sucio y de una incalificable y brutal entrada del zaguero sevillista”. Alababa la gestión de “los organizadores del torneo” (Ayuntamiento de Cádiz) de que para “evitar males mayores”

La versión gaditana coincide con la de los de La Castellana, el sr. Blanco Pérez decretó la inmediata expulsión de Campanal y éste se negó a marcharse. Lo ocurrido en los vestuarios durante el descanso es la misma historia, pero dando a entender que el SFC salió beneficiado porque se le autorizó a seguir con once después de una expulsión.

Era conocido el temor que a los madridistas les inspiraba Campanal. En la 4ª edición (1957) de la Copa de Europa, hoy liga de campeones, Marsal y Di Stéfano se las arreglaron para lograr la expulsión del avilesino en el Bernabéu. Llovía sobre mojado.

2.-Final de Copa 1962. La viví diez minutos por TV, al principio y al fin de la emisión (¡Ay, la carta de ajuste de Guadalcanal!) aquélla final contra el RMCF, y el grueso del partido por un transistor en una barbería de San Nicolás del Puerto. Ya es muy conocido el arbitraje del gallego José Castiñeira la tarde del 8-7-1962 y cómo Campanal, tras un lance con Gento que acabó en penalty, se fue a la ducha antes de tiempo por protestar con 0-1 en el “score”. No tendría muy tranquila la conciencia Castiñeira que a diez minutos del final decretó pena máxima contra el RMCF. El ex-madridista Enrique Mateos pidió lanzarlo y erró, luego Puskas logra el clásico gol merengue en el minuto 90,  2-1 para los anfitriones y, a casa. Último hito del SFC por muchos años.

3.-Final de Copa de 2016. Madrid, estadio Vicente Calderón. Tuve el honor de estar sentado a su lado en ese partido, que pudo significar el 2º doblete de nuestra historia, además de con Manolo Cardo y Curro San José, “casi ná”, tres generaciones de profesionales, sevillismo en vena. Como el de 1962, se perdió por acciones arbitrales combinadas con errores propios. La tarde de del Cerro Grande y su rigurosa expulsión a Banega que compensaba la de Mascherano. Durante la emoción del partido mi móvil se desplazó por esa rampa deslizante que había tras las bancadas del viejo campo del C.At. Madrid, y fue Marcelo Campanal el que lo divisó desde lejos gracias a la funda azul eléctrico que llevaba.

Este atleta que nos dejó, en su asturiana tierra de Avilés, hace poco más de un mes, tendría que haber sido un entrenador al nivel de la huella que han dejado en el club los Cardo, Bilardo y Caparrós. El Madrid lo quería, se habla de un ofertón de 20 millones de pesetas por él, pero nunca quiso marcharse, y ya sabemos lo que ocurre cuando se rechaza una proposición de los de la capital.

En el Estadio Universitario de la Macarena llegó a hacer una exhibición atlética durante la inauguración de unas pruebas hacia 1956 y recibió un recuerdo entregado por el representante de los estudiantes (SEU) Manuel Repetto.

De los varios profesionales asturianos que nuestro club ha tenido, sin desmerecer a los Monchu, Amengual, Bango…, Guillermo Campanal, sin duda ha sido el mejor.

Descanse en Paz quien tanto nos dio como futbolista y persona, sobre todo, en dignidad para nuestra entidad, aunque algunos no lo quieran reconocer.

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