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ENRIQUE BALLESTEROS 23/05/2020

Una trampa como hipocresía

Mayo tiene trampa para un sevillista. Da igual el día en el que te encuentres que hay algún recordatorio que te traslada a un día donde fuiste feliz. El Siglo XXI nos acogió de forma afectiva después del maltrato que sufrimos en los últimos compases del Siglo XX. Y ello ha venido acompañado de fechas que quedarán para siempre para la posteridad. Desde el gol de Antonio Puerta el 27 de abril (sí, sé que no es mayo) con el pase en jueves de Feria a la primera final europea de nuestra historia hasta el 23 de junio (tampoco lo es) con la consecución de la Copa del Rey de 2007 con aquel Madrid invadido y que yo vaticiné en uno de mis sueños de pequeño al ver 85000 almas viajeras tomándose aquel desplazamiento como pasar “un día en el campo”.

Cualquier efeméride es una excusa para contar algo, una anécdota, cualquier detalle social o deportivo, que para ti, sevillista, sin duda influyó mucho en tu vida. Podría hablar de mi experiencia en el Auditorio de La Cartuja, de mi viaje semanal por Gran Bretaña con parada en Glasgow y fonda en Edimburgo, de cómo empezamos a perder LaLiga de 2007 en A Coruña después de una orgía en el hotel María Pita, de los hielos que nos faltaron en Turín, del ¡¡hostias Rodri!! o del botellón en forma de “corteo” en Valencia tras sufrir el mayor atasco de mi vida en la A3,…, de miles de cosas que daría para un libro y que, a cada uno, en su experiencia personal, le servirá a uno para aislarse mentalmente de estos tiempos difíciles.

Porque nos encontramos en una época complicada. Una etapa donde se abren muchos debates existenciales. Todo, absolutamente todo, se pone en tela de juicio. Y hasta lo más básico, como son las autoridades sanitarias, es saltado a la torera por una supuesta manipulación de los instrumentos. En un periodo donde al principio se vendió que, con la unión de todos, íbamos a salir adelante, prolifera el mayor de los egoísmos y, en realidad, cada uno vela por sus propios intereses. No aceptamos consejos de nadie y todo lo extrapolamos a lo personal cuando nosotros mismos nos movemos por inquietudes particulares. A mí, como periodista, se me abre una película completa sobre el reinicio del fútbol y la protesta de gran parte de los aficionados sobre la ética o el negocio que supone esta reanudación.

Porque se abren dos vertientes bien diferenciadas. Por un lado, los aficionados que no quieren saber nada del fútbol hasta que el 100% de los aforos sean completos. Según una información del Valencia a sus socios, no se garantiza la presencia de público hasta marzo de 2021. Pues bien, hasta esa fecha, nada de nada, puesto que los clubes se deben a sus hinchas, y los partidos quedan supeditados a la presencia de los seguidores en las gradas, por lo que la no presencia de ellos a un tercio de la conclusión de la competición supone, incluso, la adulteración de la misma. Para un club como el Sevilla, la presencia de público siempre ha sido fundamental tanto que, históricamente, su rendimiento como local es inversamente proporcional a lo ofrecido a domicilio. Cuando, en los tiempos recientes, ha habido una atmósfera enrarecida, casualidad o no, no se han sacado adelante los resultados previstos. Me acuerdo de ese minuto de silencio que suponía el 16, o cuando mismamente Biris decide no animar, por la razón que sea.

A ello se le añade la verdadera razón de por qué nos preguntamos todo esto: la sanitaria. Si el Gobierno autoriza a que Javier Tebas, Presidente de la LFP, pueda reanudar la competición sirviéndose de tests para que los futbolistas puedan estar protegidos por el Coronavirus, ¿por qué tienen que estarlo ellos y no los trabajadores esenciales que están expuestos a contraer esta enfermedad? En realidad, el trato de favor hacia el fútbol y los proyectos impetuosos de Javier Tebas han existido siempre (y más ahora que tampoco tiene enfrente a Luis Rubiales, Presidente de la RFEF, necesitado de dinero y ocupado en problemas de otro calado con el fútbol no profesional), y la LFP lo que hace es actuar como una empresa que protege a sus trabajadores. Pero es hipocresía porque, aunque se esté intentando “abrirnos” hacia la (nueva) normalidad, todavía hay regiones, como la Comunidad de Madrid en la que resido, donde ni siquiera está garantizada la atención primaria. Vamos, que aún no me puedo poner malo aunque hayamos pasado de fase…

Y, en la otra cara de la moneda, la otra vertiente. La de aquellos que quieren la reanudación de la competición por el simple hecho de que hay comenzar a abrir más tarde o temprano, y que el fútbol profesional, como cualquier trabajo, y todos los sectores que dependen de él, como cualquier trabajo, también tienen derecho a proseguir su negocio; y, por tanto, a que sus trabajadores continúen desempeñando su función. Una de estas funciones es la del periodismo, en la que yo me encuentro, y que es tachado de hipócrita por no dar pábulo a las reivindicaciones de aquellos sectores de aficionados que se oponen al reinicio. Nadie va a descubrir ahora que los intereses económicos son los que manejan los designios de los medios de comunicación; pero los periodistas tampoco son de piedra. Aunque somos profesionales que, si bien, obedecen a una ética objetiva, dependemos de la apertura de LaLiga. Aún así, otro deber nuestro es el de comunicar lo que está pasando, ni más ni menos. Y lo que está pasando es que se está haciendo todo lo posible para que el fútbol se reinicie.

Porque sí, desgraciadamente, la televisión es la que manda. Y es la que genera la mayor parte de ese porcentaje de PIB que se han visto estos días por los medios. Y la televisión manda porque hace unos 30 años se concluyó que el fútbol era deficitario y que si seguía dependiendo de los socios estaba en vías de extinción. Por desgracia (vuelvo a repetirlo), el fútbol se le escapó de las manos a los aficionados, y se fue a las de las empresas, que tienen hoy en día en la televisión la manera de potenciar, como fin último, un equipo de fútbol que exigen los propios seguidores. No hay mayor hipocresía ahora que estamos en una situación extraordinaria que antes cuando na lo había. Y pienso que no hay mayor hipocresía en aquellos que quieren que se abran ciertos sectores, incluso beneficiando a privilegiados como el fútbol a pesar de que hay deficiencias en la gestión autonómica de la sanidad; que aquellos que la defienden y luego se ponen enfrente del televisor alimentando este negocio.

Como se ha demostrado estos días con la fiebre de la Bundesliga. Todos esperando a ver el Borussia Dortmund – Schalke04, que tuvo una audiencia de 162000 espectadores en Movistar convirtiéndose en el encuentro más  visto de la historia de esta competición con diferencia. Es más, un seguimiento superior a lo que genera cualquier partido del Sevilla, que no sea contra Barcelona, Real Madrid o Atlético de Madrid. Seamos serios, un poco de mono fútbol hay. El fútbol en concreto, o el deporte en general, también pueden ayudar a airearse de tanto clima negativo que hay en la sociedad. No hay por qué dejar los problemas de lado y dejar de estar atento a la actualidad, solo que puede servir de una ayuda psicológica importante.

Y, al final, por muy lucrativo que sea, el fútbol nos toca el corazoncito de lo que nos importa, en nuestro caso: el Sevilla FC. ¿Qué nos hubiera convenido el parón porque ya estaríamos clasificados para Champions League? Sin duda, pero puede ser un premio a corto plazo dado que las pérdidas económicas pueden ser desastrosas a largo. Muchos sevillistas, por aquello del Karma, están convencidos que perdemos el derbi, nos caemos de los puestos UCL y haya un rebrote que obligue a suspenderlo todo. Eso, para los más agoreros, ni se cotiza. Para los más positivos y realistas, el Sevilla ha demostrado esta temporada todo lo contrario a lo que indica su historia. Se ha movido mejor en ambientes fríos, lejanos y hostiles como son sus partidos a domicilio que las dudas que ha mostrado en casa. Este clima lo va a tener durante 11 jornadas. Veremos a ver si estos 11 partidos, más los europeos que puedan venir, nos ayudan a superar, a unos más que otros, esta delicada situación y que, en un futuro, nos ayude a sumar más buenos recuerdos, más anécdotas y más cosas que contar como nos sucede cada mayo.

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