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ALBERTO CONTRERAS 04/02/2020

Y el Pizjuán pitó pasivo

No hagan caso del oxímoron. Hablaré de balonmano.

Ni pretendo recurrir a la floritura literaria para poner sobre la mesa eso que muchos denuncian sobre un supuesto adormilamiento del rugido del Sánchez-Pizjuán. Maradona me libre.

Yo, comepipas empedernido en mi angosta butaca de fondo. Apenas rítmica la rodilla ante el desgañitar del Norte. Algunas palmas cuando procede elevar el eco de los decibelios por las cuatro esquinas del Estadio. No sería quién para abanderar denuncia alguna en tal sentido y, además, creo que ni procede. Mi oído derecho sigue alucinando tanto desde mi parte alícuota de la bombonera como lo hacía el izquierdo cuando, sentado en voladizo de gol norte esquina con preferencia, acompañando a mi padre (o él a mi) aprendía a amar al Sevilla a golpe de canciones de los Biris.

Ni pretendo alabar los silbidos, pitos, las chiflas del último domingo como exponente de nuestra auto exigencia, de nuestra ambición. Monchi me libre.

Porque, además de zanahorias, sabemos cuándo toca palo.

Ni pretendo enredarme en tácticas ni sistemas. Unai me libre.

Otros compañeros escribientes en estas blancas columnatas están mucho más capacitados para meterle el bisturí a la propuesta futbolística del equipo.

Yo sólo pretendo aportar una breve reflexión. Una imagen mental que puede resumir la sensación de sí pero no que nos deja nuestro Sevilla últimamente. El balón va y viene de una banda a otra, casi siempre en horizontal y pisando terrenos medulares, sin peligro, sin verticalidad (Navas y Ocampos aparte). De una banda a otra, pasando por los centrales. De una banda a otra, pasando por el medio centro. De una banda a otra.

Y como si árbitros de balonmano fuésemos, ¿Qué hicimos desde la grada?, ¿Qué hemos hecho en las tertulias de bar?, ¿Qué pitó el Sánchez-Pizjuán?

El Pizjuán pitó pasivo.

En balonmano, cuando un equipo no quiere atacar, cuando se pasan la pelota de manera circular y continua, del extremo al lateral, del lateral al central, del central a lateral, del lateral al otro extremo y vuelta a empezar…las reglas permiten al árbitro pitar pasivo. Se sanciona el sobeo de balón, la mera tenencia sin ánimo dañoso hacia la portería rival.

En fútbol el castigo del pasivo no lo imparte el árbitro. Lo impone el rival, que se moldea al antojo de tu previsibilidad, se acomoda a tu reiterado vaivén y se acurruca en el adormilado partido. Y ni el césped del Pizjuán es una cuna ni el Arrebato compuso una nana. Haga sonar el despertador, Míster.

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