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ENRIQUE VIDAL 27/02/2020

La teoría de la relatividad

Uno no fue nunca de ciencias, sino de letras, sobre todo, de la S, la F y la C unidas en perenne abrazo rojo de gol, pero como niño de otras letras también amigas desde la infancia, como la EGB, cierta educación general básica aún retiene, pese a los achaques de la memoria, y además, para cubrir lagunas, ahí está el tito Google con ganas siempre de echarte una mano. La cosa ésta de la relatividad dicen que se le ocurrió al loco Einstein, que no es ningún arquero argentino descendiente de inmigrantes ni nada por el estilo, y por lo visto, sirve para explicar el universo; el universo conocido, se entiende, porque hay algunos paralelos verdaderamente insondables.

Con todo, no soy tan osado como para pretender explicar el universo fútbol con ecuaciones ni fórmulas algebraicas. Mi teoría de la relatividad no tiene que ver con la ciencia, sino con la conciencia: soy enemigo de lo absoluto, salvo en una cosa, el equipo de mis amores. En esto, mi apóstol es Shankly, porque el Sevilla F.C. no es cuestión de vida o muerte, sino mucho más que eso. Pero una cosa es la pasión arrebatada a la que no se puede renunciar, la pulsión de los colores, los vaivenes de la emotividad, y otra bien distinta traicionar la inteligencia reflexiva que nos ha llevado a encontrar el nicho del éxito donde pocos ven más allá del deseo frustrado. Tal vez por ello prefiero buscar cierta distancia, mesura, cuando el sentido común deja de serlo y se convierte en vulgar. No es fácil encontrar el equilibrio ni la calma necesaria cuando nos toca hablar de lo nuestro, no ya entre la tropa de los aficionados, sino incluso la dirigencia y los profesionales, movidos muchas veces por sensaciones cortoplacistas que nos hacen viajar por el tobogán de la cima a la sima más rápidos que la velocidad de la luz que obsesionaba a nuestro amigo Albert.

El Sevilla FC de los títulos, el último, porque ha habido varios, el de la generación del Centenario, esa sinfonía maravillosa de Juande y posteriormente Unai que hemos tenido el privilegio de degustar, todavía no hemos sido capaces de comprenderlo y asumirlo en su verdadera dimensión. Nos sigue descolocando. No se vea en ello reproche alguno, sino un problema de perspectiva. Quizás convenga recordar que campeonar como lo hemos hecho, disfrutar de un sinfín de finales y pasearnos por el mundo con el orgullo de ser gigantes, dentro de nuestras enormes limitaciones sociales, políticas y económicas, supone una heroicidad al alcance de pocos. Mantenernos dos décadas, casi sin excepción, en la nobleza del fútbol nacional y europeo lo es aún más. Y todo esto, al menos a la gente de mi edad, hablo por mí y por muchos que conozco, nos ha desestresado y nos permite verlo todo de otra manera, arrojando cualquier urgencia del pasado al cubo de la basura junto con todos aquellos años grises que, aunque bien empleados, suponían una afrenta para nuestra historia. Tanto éxito de golpe cuesta manejarlo, posiblemente más entre quienes forman la nueva hornada de fieles cocida al calor de la plata, y dispara las ambiciones de una forma tal vez desproporcionada, aunque irrenunciable, al punto de que hasta el club parece haberla hecho suya. Pero noto que hemos cambiado la antigua ansiedad por la reconciliación, que ha marcado a varias generaciones de sevillistas, por una patología moderna, una especie de mono adictivo por añadir timbres de gloria a nuestro palmarés, como si no fuera excepcional algo tan difícil, como si acostumbrados al frenesí de los triunfos, no hubiera cabida para el más mínimo tropiezo. Y eso a mí, que cada contratiempo deportivo me enturbia el humor como no desearía, me preocupa, en la medida que nos haga perder la paciencia y reventar lo que tantos sinsabores ha costado reconstruir. Olvidar la sensatez me da tanto miedo como la autocomplacencia.

Por eso intento relativizar las cosas. No sólo lo intento, es que me sale sola. Actuar a golpe de impulsos, cambiar tajantemente de opinión de un día para otro, o peor aún, mantenerse en un criterio absurdo por una mal entendida personalidad, qué sé yo, cuando las evidencias dictan que uno está equivocado, genera crispación, no suma sino que resta, y precipita el fracaso. Esto vale para Lopetegui como para Koundé, para Munir o De Jong, la Copa del Rey o la Liga. ¿Supone ello ignorar la tan cacareada exigencia sevillista? En absoluto, censurar el desempeño de nuestro Sevilla y hacerlo sin ignorar los condicionantes de fondo y de forma es perfectamente compatible, se trata de ajustar la mirilla. En lugar del inútil blablablá de salón, del que tenemos permanentes ejemplos de ineficacia probada a nuestro alrededor, os invito a observar, acompañar, criticar, pero en un adecuado marco de referencia, sabiendo quiénes somos, dónde estamos y qué objetivos podemos razonablemente alcanzar. Y, por supuesto, exigir, demandar, de cada responsable lo suyo, pero no tanto títulos ni resultados perfectos, sino diligencia, buen hacer, profesionalidad, gestión, cabeza, orgullo, esfuerzo. No hay otro camino para la excelencia que todos queremos.

Decía Einstein, sí, ese que no es ningún portero argentino hijo de gringos, algo que ningún sevillista debería ignorar: “Aprende del pasado, disfruta del presente y sueña con el futuro. Lo importante es que nunca dejes de pensar”.

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