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CORNELIO VELA 23/02/2020

David

Es precisamente en los momentos de dudas, de errores y desconfianzas, cuando conviene recordar que la única derrota cierta es tirar la toalla, abandonar la lucha y no afrontar con entereza las contrariedades de cada día. Y no hay mejor receta para ello que abordar cada partido, cada pelea, con la fuerza que te generan los que te apoyan y la certeza de saber en verdad quién eres.

David y yo compartíamos la misma enfermedad. Lo conocí en una de mis visitas al hospital. Unas breves palabras de cortesía con su madre derivaron en el intercambio de experiencias y diagnósticos. Yo iba a recoger documentos para mi futuro trasplante mientras él, con evidentes muestras de llevar un tiempo sufriendo las dolencias de la enfermedad, esperaba los últimos resultados dejando entrever las secuelas de la quimioterapia bajo una gorra roja con el escudo del Sevilla FC.

En aquel otoño de 2002, el Sevilla parecía empezar a resurgir tras un periodo difícil e inestable. De la mano de Caparrós, el equipo mostraba una garra y una casta que volvían  ilusionar a una afición que se resistía a conformarse con “otro año igual”. Jugadores como Pablo Alfaro, Javi Navarro y un niño de Utrera llamado Reyes, alimentaban cada domingo nuestros deseos de alcanzar nuevos éxitos.

Mientras esperábamos en aquella sala, David, que no tendría más de 7 años, jugueteaba con un montón de cromos de futbolistas, usando los asientos como improvisado estadio de fútbol. Su madre lo miraba atentamente mientras le llamaba la atención cuando eufórico gritaba ¡GOOlll! en la narración de aquel fantástico partido de cromos. Recuerdo que en un momento dado me dirigí a él y le pregunté: ¿Cómo va el partido?.” Tres a cero ganando el Sevilla, me dijo en voz baja y de forma algo avergonzada”. ¡Qué bien! le respondí, buscando su complicidad. Yo también soy Sevillista, apuntillé. Me volvió a mirar de una forma más directa, con una mirada cansada pero ilusionada a la vez y esbozando una leve sonrisa, me dijo ”¿A que el Sevilla es el mejor equipo del mundo?». Por supuesto, le dije yo. Y con la tranquilidad de saberse en posesión de la mayor de las verdades, volvió a jugar con aquellos cromos en los que sus ídolos tomaban vida para jugar el partido más importante en la liga fantástica de David. La inocencia es, sin duda, la cuna de la ilusión. Solo habían bastado un par de frases y sabernos sevillistas para sellar nuestra efímera  pero sentida alianza.

No he sabido más de aquel pequeño luchador, pero nunca le he olvidado. En los momentos más difíciles, los recuerdos entrañables se convierten en aliviaderos de la angustia y en caladeros de nuestra esperanza.

Cuando fuimos proclamados Mejor Equipo del mundo en 2006, recordé nuestra breve conversación y me pregunté si habría podido disfrutar de la certificación estadística de lo que él ya sabía desde mucho tiempo antes. Me he preguntado también si habrá podido disfrutar de tantos y tantos sueños hechos realidad, de tanta grandeza y de tanta alegría desbordada.

Pero si desgraciadamente no ha sido así, me queda el consuelo de saber que no hay título que supere al propio sentimiento ni la  ilusión de todo lo bueno que queda por venir.

David y yo compartíamos la misma enfermedad… la misma certeza y la misma ilusión.

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