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Respeto

Con tus 130 años, eres como siempre te soñé. Como te imaginaba desde pequeño en aquellas letanías de gloria de las alineaciones repetidas de memoria. Como te esperaba en las historias de frío y Machaco del descanso en la caseta del Valladolid, como te veía en los relatos sobre aquel gol legendario de la Stuka y las hazañas de Marcelo. Eres como la ilusión infantil que cabía entera en el seiscientos que nos llevó aquél día al entrenamiento en la carretera de Utrera. Como me imaginaba tu escudo presidiendo la caseta familiar en la Feria del Prado, o apuntillado sobre el asiento de madera que abuelín instaló en el banco de pista del viejo Nervión.

Eres como la foto sepia del año 22, con Barrero, Pepe Brand, Spencer, Herminio y Kinké, eres la línea del miedo que asombró al mundo con el pase corto y la filigrana imposible. Eres un balón de cuero cosido con cordón sobre el albero, y la foto de la gabardina del bar de Manolo Domenech. Eres como te oía con interferencias de carrusel deportivo en aquella radio del coche volviendo a Bilbao por carreteras oscuras y mojadas, como la respiración cortada hasta que decían el resultado de aquel domingo. Eres la emoción del exilio al verte saltar al césped de San Mamés o de Atocha. Te reconocí luego en las largas noches de verano del Puerto, escuchando al maestro Araujo en los partidos del Carranza bajo toallas y sombrillas.

Eres la elegancia de Eizaguirre, la clase de Juan Arza, la genialidad de Bertoni, la cintura de Enrique Montero, la zancada de Kanouté, la vaselina de Súker, la casta de Pablo Blanco, y aquel gol de Antonio Puerta. Te conocí todavía escondido en aquellas tardes de Gol Sur, en la grada alta de nuestra memoria, y te intuía en los abrazos tras el gol, pero también en los paseos de vuelta pisando charcos de frustración. Intimamos en las alegrías de los ascensos, en las victorias trabajadas, en las clasificaciones para Europa, pero también en los sinsabores de las derrotas que duelen.

Cumpliste 100 años apostando por tu identidad, por los valores que siempre te inspiraron y definieron. Aquel año, un niño de pueblo al que prometieron llevar por primera vez a verte jugar tras la dura faena del campo, no pudo ver cumplido su sueño, como casi siempre, y escribió con un carbón sobre una pared encalada “Viva el Sevilla”. Aquel año, el sevillismo izó para siempre una bandera roja con un corazón latiendo, y cuando saltaste al prado holandés envuelto en el blanco más puro de tu Centenario, supe que ya eras el campeón. Te descubrí aquel día, justo antes del partido, en las lágrimas de mi hermano viendo llegar tu autobús al Philips Stadium, y justo después, en aquella emoción incontenida de mi padre que solo adivinaba tras el teléfono, repitiendo como aquel niño sin parar “¡Viva el Sevilla!”.

Eindhoven despertó tu ambición y demostró que los sueños se cumplen, sin caer en la complacencia y aceptando que siempre lo mejor está por llegar. Ese gen competitivo, la consolidación de un estilo, un modelo, un trabajo excepcional en los despachos, y la unión de todo el sevillismo, hicieron el resto. Y cuando mejor te conocíamos, el tifo del abuelo volvió para recordarnos que somos grandes, que nadie podrá quitarnos la ilusión, y que por muchos años que pasen los guardianes de Nervión te seguiremos defendiendo. Por eso, luego vino Glasgow, Mónaco, Turín, Varsovia, Basilea, las Copas de Madrid y Barcelona, la Supercopa en el Bernabéu, y momentos únicos de alegría roja y blanca única, distinta a todas, que se dispara sin medida, y que solo puede explicar quién la haya vivido.

En este día de tu cumpleaños, te doy las gracias por regalarnos la memoria de nuestros mayores, tantos abrazos con nuestros hijos, tanta pasión compartida, tanta amistad en sevillismo, tanta emoción, tantas historias de ternura, pero también tantos buenos ejemplos de superación, compañerismo, solidaridad, ambición sana, coraje y determinación.

Y hoy, especialmente, destacar un valor sobre otros. Recuerdo que los que ocupábamos el segundo anillo del gol norte del Camp Nou en aquella final de Copa del Rey que ganamos al Atlético de Madrid en 2010, formamos un mosaico en rojo y blanco que rezaba “Respeto”. Todo el resto del grandioso escenario de Les Corts lo llenaba la afición colchonera, que dejaba en franca minoría a la parroquia sevillista. Aquella final se liquidó con dos goles de Capel y Jesús Navas. Pedíamos respeto, con firmeza y discreción, y eso también acabó empujando la victoria.

El respeto es un valor básico de la condición humana, es la consideración especial que se le tiene a algo o alguien al que se reconoce su valía, su dignidad, sus logros, su aportación y su personalidad. Es por lo tanto un ingrediente esencial en la relación entre personas y es la base de la convivencia, la concordia, la amistad y la paz. Tal es su trascendencia, que el respeto empieza por uno mismo, te obliga a conocerte, a valorar tus fortalezas pero también a reconocer tus carencias, y por ello te obliga a mejorar. Y aún más, es tal su importancia, que en su ausencia debe ser reclamado, pues la falta de respeto hiere la dignidad, anula al otro en lugar de ponerse en lugar del otro. Si nos referimos además al deporte, donde juegan los valores de la competición, podemos afirmar que el respeto es el cimiento sobre el que se construye todo el edificio del mayor espectáculo del mundo.

Has conseguido en estos 130 años ocupar un espacio muy destacado en la competición del deporte rey en España y Europa. Y lo has hecho respetando, pero también haciéndote respetar cuando fue necesario. Sigue por este camino de la excelencia, de la ambición que lleva a la entrega y el compromiso, la casta y el coraje, la profesionalidad y la innovación, la humildad y el orgullo. El respeto de los demás es siempre el resultado, nunca el objetivo. Y ese es un título que por encima de todos y todo, brilla como el que más en tu grandiosa sala de trofeos.

¡Vamos mi Sevilla, vamos Campeón!

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  • Pablo NA

    Gracias, mil gracias. Mi mente ha volado durante años y emociones.

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