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JOSÉ MANUEL ARIZA 19/12/2019

Se prohíbe prohibir

Saludos.

En todos los deportes (individuales o colectivos) se participa para lograr la victoria, para ganar. Esto incluye las pachanguitas que nos marcamos entre amigos de manera amistosa y cuyos trofeos suelen ser unas birras (ahí todos ganan porque no es mal premio, por cierto).

Como los deportes competitivos están reglados, organizados y obedecen a modelos de torneos establecidos por federaciones y otros estamentos, se configuran generalmente para que todos los participantes se enfrenten entre sí. En La Liga, debes jugar dos partidos (uno en cada estadio) contra los otros 19 equipos de tu categoría.

La suma de puntos obtenidos determinará qué posición ocuparás al final del curso. Pero sólo el primero se lleva el título de Campeón. Sólo uno de entre 20 alcanza el objetivo fijado al iniciar la contienda.

Obviamente, la capacidad económica que poseas y que te permita contratar a los mejores jugadores del mercado, elevará tus opciones de conquista, de ganar más partidos y sumar más puntos.

Sin embargo, no conozco a ningún equipo participante que no inicie la carrera deseando ganar La Liga y que luche por ello hasta el final. ¿Que tus posibilidades son escasas, ínfimas incluso, comparadas con las de otros más poderosos? Sin duda. ¿Que tus cuitas sean encontrar la manera de permanecer en la élite un año más con los cuatro cuartos que administras? También. Incluso los más modestos, los que deben competir en “igualdad” de condiciones con los monstruos riquísimos, ansían no descender, no bajar al “infierno” de la Segunda porque es fácil caer abajo y tremendamente difícil recuperar el nivel superior. Muy difícil y salvo esos tres dopados que conocemos (Real Madrid, Barcelona y Athletic de Bilbao) el resto sabemos lo que significa luchar en las trincheras de abajo y de muy abajo también, ciertamente. No incluyo al SD Eibar porque lleva poco tiempo en Primera para que su proeza sea significativa todavía, aunque el mérito es indudable dados los recursos que maneja.

A veces la ilusión se mantiene hasta las últimas jornadas (si no aparece el interfecto de turno que frustra una ocasión manifiesta) y otras veces, apenas jugados unos pocos encuentros, ya sabes que debes dirigir tu mirada hacia otros horizontes. En general y para un contadísimo número de dos equipos, no conquistar La Liga es sinónimo de fracaso absoluto. Otro grupete de cuatro o cinco más, sueñan con obtener las plazas del dos al seis o siete (preferiblemente las tres y cuatro) por los premios europeos que son de mayor cuantía, muy golosos, sustanciales y que te permitirán planificar mucho mejor la siguiente temporada.

Un nutrido corro descansa plácidamente en zona templada donde no hay posibilidades de ampliar tus capacidades pecuniarias (la mediocridad no tiene premios) y por tanto, casi que estarás condenado a repetir el año siguiente. Sin pasta no hay paraíso.

Y por fin, en las postrimerías, los tres condenados, los que no han sabido o podido evitar el suspenso y que buscarán obsesionados porqué están ahí, qué ha fallado, qué han hecho mal… reflexiones que ya de nada les servirán pero que deberían advertirles para no cometer los mismos errores cuando vuelvan.

Por encima de los parias, otros pocos que han pasado medio curso en el borde del precipicio y que tras el último pitido del último minuto, logran inspirar y expirar todo el aire que les faltó tantas jornadas.

Decía aquel, en el claroscuro de su recuerdo, que “los sueños se cumplen” y por tanto, cuando suena el pistoletazo de salida, todos debemos tener prohibido prohibirnos metas, aspiraciones, deseos, sueños…

Si no sales a ganar, a ganarlo todo, mejor no salgas; si no te planteas que tienes entidad suficiente para conquistar cotas difíciles y lejanas, no salgas; si solo aspiras a no hacer el ridículo, no salgas; si pasas por allí mirando como otros se pegan un festín, no salgas; si tus ilusiones son ganarle dos partidos al vecino para justificar tu mediocridad, no salgas; si dejas en manos de piratas, ladrones y especuladores ésa parte de tu corazón a la que llamas “mi Equipo”, no salgas; si no tienes la suficiente ilusión… no salgas.

No salgas si no respetas ése Escudo que luces en tu camisola, ésa Bandera, ésos Colores y toda la Gente que llevan dentro, grabadas a fuego, desde hace muchas generaciones (¡tantas!); no salgas si no estás dispuesto a darlo todo cada partido, durante unos meses, unos años o toda la vida; no salgas a especular; no salgas si cuando te sale mal te recriminan porque cuando ocurra lo contrario, te amarán apasionadamente; no salgas si no estás dispuesto a ser objeto de análisis microscópico cada minuto, cada gesto, cada movimiento; no salgas si no estás dispuesto a rendir pleitesía a ésas miles de gargantas que te empujan, que te alientan, que gritan contigo ésa maravillosa, corta y precisa palabra que se llama GOL…

No hay límites si tú no te los pones. No te prohíbas nada porque está prohibido.

Cuidaros.

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