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CORNELIO VELA 17/11/2019

Nunca serán tres puntos más

Era el momento más esperado. El patio de aquel colegio se convertía por media hora en el estadio de nuestros sueños, generalmente nunca visto. Para ellos, el suyo, para nosotros, el nuestro. Ellos eran muchos y nosotros también, daba igual el número. A veces la pelota era de goma. Otras, las menos, de reglamento (así llamábamos a aquel balón de cuero). Las porterías medían a veces más y otras menos, según quién pusiera lo que pudiera como mínimos postes.

Perdíamos y ganábamos, y a veces, la mayoría, ganábamos los dos, porque nadie sabía a ciencia cierta cuántos goles habíamos metido. Eso sí, siempre ganábamos “la copa del meao, quien ha perdido se la ha bebido, quien ha ganado se la ha llevado”, y al final del recreo aquel partido se acababa de convertir en el más importante de nuestra corta existencia, entre abrazos de compañeros y amigos, porque eran los Betis-Sevilla del despertar en la vida.

Con el paso del tiempo fuimos asumiendo la existencia de esa dualidad que es pura esencia de nuestra ciudad. Sevilla, los sevillanos, no podemos vivir sin crear lo contrario de lo creado. Como diría un bético confeso como Antonio Burgos ”dos Sevillas a elegir”. A elegir, sabiendo que, una vez elegida, será para siempre. Porque aquí no se cambia nunca, porque es imposible cambiar lo vivido, lo recibido y lo que da sentido a tu propia vida.

Y cada vez que nos enfrentamos, Betis y Sevilla, es una manifestación más, y a la vez querida, de esa propia esencia, de ese estilo de vida tan incrustado en nuestra ciudad. Son los partidos más complicados porque en el fondo no hay nada más difícil que enfrentarnos a nosotros mismos. Ellos forman parte de lo que somos.

No hace mucho, leía cómo algunos sevillistas respondían airados a un político que, en una comparación desafortunada, dejaba al Betis en mal lugar. “Serán lo que sean, pero aquí el único que se mete con mi hermano soy yo”, decía algún tweet.

Por eso, por esta forma de vivir tan apasionadamente lo nuestro y por la euforia y la tristeza que indudablemente ello ocasiona, aunque sea envuelta con la guasa del “tío pepe y su sobrino”, un derbi nunca serán tres puntos más, nunca. La victoria el éxtasis, la derrota el ocaso. Ni localismos ni chorradas. Nos necesitamos mutuamente y si alguno desaparece ya nos encargaremos de volver a crearlo. Somos así.

Eso sí, mientras nos queremos, nos peleamos, y nos volvemos a querer, que siga ganando el equipo de esta ciudad que se llama igual que ella, el mejor por los siglos de los siglos.

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