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Autor
ENRIQUE VIDAL 22/11/2019

Los Ramones

La historia del Sevilla F.C. se vertebra a través de tres Ramones: Sánchez-Pizjuán, Encinas y Rodríguez Verdejo.

Cada uno de ellos, en sus respectivas áreas competenciales, representa el canon de la excelencia, el talento, la eficacia y la caballerosidad que una institución como la sevillista (o lo que es lo mismo, su masa social de aficionados) pretende para su clase directiva. Todo ello rematado por la más importante de las cualidades posibles, su amor al club.

Hay otros muchos personajes, anteriores, coetáneos o posteriores, imprescindibles en la vida del club, algunos de ellos determinantes, otros no tanto, o directamente olvidables, pero pocos han reunido todos esos requisitos juntos o los han desarrollado con la profundidad y la capacidad demostrada por éstos.

No es lugar éste, ni hay espacio, para glosar pasajes biográficos de los protagonistas, fácilmente accesibles en otros medios y plataformas, por lo que me limitaré a reseñar algunos datos singulares que, sobre todo en el caso de Sánchez-Pizjuán y Encinas, puedan ser más desconocidos para el gran público, y que sin embargo, son comunes a todos ellos.

Por ejemplo, nuestros tres Ramones fueron o son considerados como los números uno de su tiempo en su puesto. Sánchez-Pizjuán fue tildado como el mejor presidente del fútbol español por voces tan autorizadas como Helenio Herrera, Pedro Escartín o el famoso aficionado bético de la vieja guardia Alfonso Jaramillo González quien, en una curiosa entrevista en Don Balón, suspiraba porque hubiera sido presidente de su club. No le regalaron dicho elogio en vida ni con ocasión de su prematura muerte, tampoco en ningún homenaje o acto similar, ni por cortesía, sino muchos años después, prácticamente obiter dicta, con una perspectiva de las cosas amplia y experimentada que hacía muy rica su opinión.

Por su parte, Ramón Encinas fue elevado a la cúspide de su profesión, no sólo por el propio Escartín, sino por el genio barcelonista José Samitier o el gurú de los años treinta, Amadeo García Salazar, al punto que, sin dejar sus responsabilidades de club, fue entrenador de la selección española con hasta cuatro seleccionadores diferentes, cubriendo el exitoso Mundial de Italia de 1934. Entrenó entre otros al Real Madrid y al Valencia, siendo secretario técnico del Sevilla F.C. en sus últimos años en activo. Junto a Pepe Brand y Antonio Sánchez Ramos, resultaría decisivo en la contratación de figuras extraordinarias del Sevilla clásico como Alconero, Busto, Arza, Antúnez, Pepillo o Ramoní, entre otros selectos jugadores.

Por último, Monchi. Me extiendo menos con él porque, a Dios gracias, está de plena actualidad. Lo suyo es sencillamente punto y aparte, no hace falta casi ni detallarlo, y quien no lo supiera, bien que lo ha aprendido durante el paréntesis de su periplo romano. El tiempo nos dará su completa dimensión. Mientras tanto, ha regresado este hijo pródigo sin perder un ápice de su prestigio, siendo unánime su condición de amo absoluto en lo suyo, una especie de mago, rey Midas, reconocido por compañeros, expertos, amigos y enemigos.

Sobre todos ellos puede decirse también que el dios del fútbol escribió su historia con renglones torcidos. Los tres fueron futbolistas frustrados, que necesitaron pasar la prueba de fe del fracaso como jugadores para acabar reconvertidos en héroes fuera del terreno de juego. Los tres fueron pioneros y visionarios. Sánchez-Pizjuán, con su idea de un gran estadio en Nervión, pergeñada desde principios de los años 30, o enfrentándose al franquismo, Moscardó y la Falange en plena posguerra, al exigir democracia en el gobierno de los clubs españoles. Encinas, aplicando en España métodos gimnásticos en la preparación física y el sistema de juego WM, de Herbert Chapman, aprendidos durante una estancia en Inglaterra para perfeccionar sus conocimientos técnicos. Monchi, lo sabemos todos, instaurando, a base de ingenio y personalidad propia, y una enorme capacidad de trabajo, una manera de componer la secretaría técnica y de gestionar los recursos humanos (adquisiciones, bajas, plusvalías, vestuario, etc.) que hoy nos resulta familiar, pero que hace veinte años sonaba a disparate, y que sin embargo, sirve para competir casi de tú a tú con los más poderosos del planeta.

Es un orgullo que estos Ramones sean santo y seña del Sevilla F.C. y no es casualidad que así haya sido. Quiero decir que esto de los Ramones, con unos rasgos comunes tan originales, es un fenómeno eminentemente sevillista. Al margen de sus condiciones personales innatas -esa materia prima que los hizo y hace únicos-, no puede soslayarse que la ciudad y, sobre todo, el contexto de club y el cariz de sus seguidores, han tenido mucho que ver en la maximización de sus cualidades, facilitando primero, permitiendo después, y exigiéndoles siempre, que pudiesen expresarse con plenitud, dentro de las limitaciones propias de una entidad con nuestro tamaño; y acompañándolos, también, tanto durante la vigencia de sus cargos, como tras el final de sus carreras, con el respeto y admiración que sólo el sevillismo es capaz de demostrar a los suyos, gracias a un talante mamado desde la cuna que ya muchos quisieran para sí y que se llama autenticidad.

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