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ENRIQUE VIDAL 08/11/2019

El “cuñao” antisevillista

No hay fiesta ni celebración que se precie sin su inevitable “cuñao”. Todos tenemos o conocemos alguno. Incluso seguramente, somos el “cuñao” de alguien, así que nadie se ofenda. Bodas, bautizos, comuniones, cenas de empresa, barras de bar, reuniones de caseta de feria, incluso las redes sociales, son eventos y lugares propicios para el bochornoso lucimiento de estos seres nada mitológicos, pese a su enfermiza inclinación a la fantasía, porque haberlos, como todos sabemos, haylos.

Si hablamos de festejos, alegría y bacanales desenfrenadas, pocas como el frenesí de éxitos, deportivos e institucionales, que nuestro Sevilla Fútbol Club viene protagonizando en lo que llevamos de siglo XXI. Es aquí, en el terreno de lo deportivo y en el ámbito geográfico más cercano, donde entra en escena con toda su crudeza el “cuñao” antisevillista. Siempre ha existido, al igual que habrá “cuñaos” palanganas, culés, del Langreo y de cualquier otro pelaje, pero el que ahora nos interesa, el antisevillista, ha alcanzado un grado de rotundidad en estos últimos años que verdaderamente asusta, incluso en cargos oficiales. ¿Es o no digno de estudio?

Si no se delata a sí mismo confesando voluntariamente su condición, tampoco es muy difícil reconocerlo. El “cuñao” antisevillista (no confundir con el respetable aficionado rival) recuerda a ese toro que salta al ruedo muy seguro de su bravura, lanza unos cuantos derrotes al principio de la lidia y acaba humillando tras varias tandas de muletazos bien dados antes de someterse a la suerte suprema. Ojo, no se vea en este símil más que un simple recurso literario, sin ninguna otra intención, que luego llegan los ofendiditos de toda índole reinterpretando a su gusto lo que uno dice sin querer enterarse de lo que hay.

Será una sensación personal, nada científica, desde luego, pero me da que el sevillismo, al menos una gran parte, parece cada vez menos interesado en cualquier debate sobre rivalidad local, y no digamos regional, porque cree muy poco en ella y no le aporta nada. Hoy por hoy, a nosotros estas cosas no nos dan la vida, tan sólo nos dan vidilla, que es algo muy diferente. Véanse, si no, las últimas declaraciones pre-derbi de nuestro presidente o la gestión de los resultados por parte y partes. Si por mí fuera, la rivalidad debería quedar para el disfrute (en el más amplio sentido de la palabra) íntimo, no se trata de herir sensibilidades ajenas gratuitamente, menos aún, si los contrarios se encuentran en horas bajas.

Además, cansa demasiado la manía de querer confrontar realidades y datos palpables con cuentos de la buena pipa, porque ahí ya se sabe, la partida está perdida de antemano. ¿A quién no le ha soltado uno de estos “cuñaos” el socorrido comodín del “no trates de entenderlo”, con toda su carga de supremacismo sentimental incluida, para abrochar cualquier conversación torcida por hechos abrumadores? Pues eso.

No obstante, una cosa es pasar de estas pamplinas y otra muy distinta, como pretendemos nosotros, querer tributar un sentido homenaje al incomparable “cuñao” antisevillista, ese entrañable ser a quien nunca ha faltado el empeño, tantas veces grotesco, tantas hilarante, por querer ponerle sordina a los estruendosos éxitos blancos. Ese esfuerzo, quiérase o no, tiene su mérito.

Si en su momento fueron anécdotas pueriles como el cuchillo de Benjamín, las botellitas de agua del palco o los destrozos de escayola en el vestuario, pancartitas fundacionales por Oriente y Occidente y chascarrillos directivos, luego vendrían las papillas del doctor Escribano, el dinero de Marbella, la flor del entrenador, arbitrajes suspicaces, la inminente venta del club o la biriprensa como algunos de esos interminables temas con los que darte la brasa futbolera. Siempre, siempre, hay una primicia, una confidencia, un detalle desapercibido en la imaginación de nuestros queridos “cuñaos” que, convertidos en genios de la medicina, la historia, el derecho o el periodismo, se esfuerzan por justificar e incluso darnos lecciones sobre la supuesta ilegitimidad de todos nuestros triunfos.

Y es aquí donde se comprueba que el “cuñao” antisevillista de ahora, pese a su acusado “tour de force” de los últimos años, poco ha cambiado respecto al de otros tiempos. Sólo ha variado el portfolio de excusas, pero conceptualmente, genéticamente, el perfil es el mismo. Hoy sabemos, por propia experiencia vital, que el discurso de nuestros queridos “cuñaos” es puro consuelo para las noches de soledad deportiva, como en su momento lo fueron aquellas maravillosas “razones para ser antisevillista” que rulaban por internet. Cronistas tan emblemáticos de la historia del fútbol español, como el burgalés Félix Martialay y el madrileño Bernardo de Salazar, poco sospechosos de ser birihistoriadores, son los autores del libro “Las grandes mentiras del fútbol español”, en el que dedicaban un extenso capítulo, sarcásticamente titulado “El ‘martirio’ del Betis sevillano”, a desmontar muchas de estas leyendas urbanas. Si tienen ocasión, no dejen de buscar ese libro y leerlo. Otros “cuñaos” antisevillistas, simpatizantes de otros clubs no tan “martirizados”, hacen el mismo ridículo cuando se acogen a estas rancias ideas victimistas. Pero, aunque ahora ese victimismo se sirve descaradamente de altavoces prestados bajo amenaza o recompensa, sorprende ver a tanto incauto que siga comprando este patético discurso de la señorita Pepis. Hay excepciones, obviamente, pero pocas, o si se quiere, sin el mismo ruido que son capaces de armar los demás.

Lo único cierto, macizo, tangible, es que tras más de cien años de convivencia histórica, la tendencia sigue siendo la misma. El de siempre gana, y otros lloran. Uno acumula plata y otros, quina. Unos educan a los suyos en la ambición y el orgullo de competir, pese a la desigualdad de condiciones, y otros se nutren de la envidia y el desprecio, anteponiendo el insano disfrute por la desgracia ajena al goce de lo propio. La cosa no va de un partido o de dos, sino de convicción y tenacidad, de tener las cosas claras, centrarse en tus propios valores y amarlos sin fisuras. Como en su momento lo definiera con maestría Joaquín Carlos López Lozano, se trata de “la perseverante empresa deportiva del Sevilla F.C.” Todo esto marca carácter, en predios propios y también ajenos, desde tiempo inmemorial, surge y resurge constantemente, y no puede anularse de un plumazo, ni siquiera en las soflamas más delirantes de nuestros “cuñaos” antisevillistas.

Feliz derbi.

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