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Balance social

Una de las mayores conquistas de la tan denostada globalización, ha sido el conocimiento del otro, y por extensión, la conciencia de que el bienestar, el progreso y el futuro no solo dependen del éxito o la acción individual, sino de las condiciones en las que el mercado, la comunidad y la sociedad puedan alcanzar y consolidar en el tiempo un “desarrollo sostenible”. Ya en los años 50, los balances financieros de las grandes compañías en Estados Unidos se completaban con un “balance social”, en el que se detallaba la contribución de la empresa a la mejora de las condiciones de vida en su entorno de actuación, con especial atención al medio ambiente y a la ayuda a los colectivos más desfavorecidos.

El sentido y la acción de la solidaridad empresarial ha evolucionado desde entonces de una forma dramática. Incluso esa gran máxima del compromiso de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, ha quedado absolutamente desfasada. La tan manida “responsabilidad social corporativa” se ha instalado de manera incontestable en las formulaciones estratégicas de las compañías, si bien su implementación es casi tan diversa como difusa. La famosa trilogía de “misión, visión y valores” que podemos encontrar en cualquier web corporativa, incorpora muchas veces una esforzada declaración de buenas intenciones, que luego no son de fácil aplicación práctica. Vaya por delante mi admiración y reconocimiento por lo mucho conseguido por esta conquista, y por los frutos de la ingente acción social que las empresas realizan, cubriendo necesidades básicas allí donde las administraciones no han llegado. Sin embargo, en ésto, precisamente por su trascendencia y por su capacidad para mejorar y transformar la realidad, se echa de menos mayor rigurosidad, metodología, definición y compromiso en la dedicación de recursos, y como en cualquier ejercicio, una medición del impacto y de sus resultados.

Las compañías líderes en sostenibilidad del mundo, han ido más allá incluso, y han llegado a redefinir toda su estrategia empresarial, de gestión de personas y equipos, de marketing, ventas y comunicación, alrededor de un propósito mayor al de su mero “objeto social”. Y está resultando que la inversión en objetivos y procesos socialmente responsables, es más rentable y el mercado lo reconoce en términos de cotización, reputación, recomendación positiva y valor de la marca. Merece la pena, por tanto, apostar por este camino.

Si a todo ello añadimos el atractivo y la evidente fuerza del fútbol como fenómeno de masas, capaz de movilizar como nadie sentimientos, afectos, pasiones y comportamientos ejemplarizantes -o no- para la educación en valores que esencialmente conlleva el deporte, la cuestión parece clara: los clubes de fútbol en su doble dimensión de grandes empresas y de titulares depositarios de este patrimonio inmaterial ¿cómo están actuando ante el desafío que supone esta responsabilidad social?

Aunque el tema ofrecería contenido suficiente para una tesis doctoral, no pretendo llevarlo más allá de una sugerencia para la reflexión y el debate. Una simple mirada a los grandes clubes de nuestra querida y viajada Europa, demuestra un elevado grado de compromiso y ejecución de programas sociales, educativos, de integración, inclusión, reinserción social y laboral de colectivos en riesgo de exclusión, reconociendo el poder del fútbol como palanca de valores y principios ejemplares, sobre todo entre la infancia y la juventud. La Fundación suele ser, en la casi totalidad de los casos, la fórmula jurídica utilizada para ordenar, gestionar y desarrollar programas que habitualmente responden a un ejercicio de elección entre varias alternativas, definición de objetivos y un visible esfuerzo de comunicación. El reciente requisito de la transparencia, que obliga a las fundaciones a publicar sus memorias, nos permite analizar hasta el detalle más pequeño las estructuras, organigramas, patronatos, presupuestos, proyectos e iniciativas.

Con la dulce excusa de nuestro centenario, el Sevilla F.C. hizo nacer su Fundación que hoy es una hermosa realidad. He sido padre usuario de la Escuela Antonio Puerta, cuyos frutos en la difusión de valores propios del deporte, sevillismo y felicidad no hay más que verlos en las caras de los alumnos -y de los padres que soñábamos tener un Jesús Navas en casa-. Preciosa ha sido la experiencia de “Sácale partido al cole”, llevando ilusión y el ejemplo del valor del esfuerzo y la constancia a los niños. Y en general, admirable es toda la intensa actividad deportiva, educativa, cultural, social y asistencial con otras organizaciones en red, que hoy coordina con maestría nuestro eterno mariscal D. Antonio Álvarez.

Hoy que, gracias a tantas cosas bien hechas, disfrutamos de un pasado grandioso, un presente ilusionante, y nos proponemos anticipar un futuro en el que siempre lo mejor está por llegar, quizás haya llegado el momento de redefinir con rigurosidad y metodología nuestra responsabilidad social, y repensar desde cero qué objetivos queremos alcanzar, cuántos recursos dedicar, qué impacto nos proponemos obtener, con qué socios podemos trabajar y cómo integrar ese compromiso en nuestra marca. Ser grande pasa por pensar en grande, pero sin olvidar nunca la enorme responsabilidad que un club de la entidad y prestigio del Sevilla F.C. debe tener con las necesidades de los más vulnerables y pequeños de nuestra sociedad.

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