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Nostalgia

uno siempre está en casa en su propio pasado….” Vladimir Nabokov.

Los que han cumplido cierta edad me comprenderán. Llega un momento en la vida en que piensas más en el pasado que en el futuro. Sientes nostalgia de la niñez y la juventud, tiempos que fueron peores de cómo los recuerdas, pero que son los tiempos que te formaron y que te hicieron como eres.

Emocional y sentimentalmente, mi vida, gracias a mi padre, siempre has estado ligada al Sevilla. No tanto a este Sevilla de los títulos y que no cumple sus objetivos una temporada si no accede a la Champions, que también, sino a un Sevilla que ya cada vez menos gente conoció y rememora. El Sevilla al que siempre asocio el recuerdo de mi padre, que nos llevaba al fútbol las tardes de los domingos, a mi hermano y a mí, cruzando las vías por Kansas City, desde muy niños, aspiraba un año a la UEFA y otro a la permanencia, dependiendo cómo se diera la temporada.

A veces te viene un olor, un sabor, un sonido, una luz al atardecer, algo difícilmente definible con palabras, e inmediatamente te recuerda tu infancia, porque entonces aprendías con sabores y olores, y no con palabras. A veces el Sevilla juega una tarde de otoño o primavera, y la luz del sol sobre el césped me recuerda aquellos tiempos en que en gol sur y norte no había asientos, en que los fotógrafos se sentaban en la cepa del poste (y más de un balonazo se llevaban)… Mi padre me señalaba a uno que indefectiblemente estaba allí todos los domingos y me decía “a ese le dicen Carpanta”. Y entre las calvas del césped veías hacer maravillas a Montero (“Montero, Montero, el mejor del mundo entero…” le cantaba todo el estadio).

Sabores y olores, como el sabor de las salchichas que mi padre nos compraba en el campo y a la que nosotros le hacíamos tanta fiesta que al llegar a casa le decíamos a mi madre: “mamá, busca las salchichas del campo del Sevilla”, porque las demás no nos sabían igual. Como el olor a césped en cuanto salías por el vomitorio (¿por qué ya no huele tanto el césped?). Nostalgia de sabores y olores o sonidos, como aquel grito de “ahí va el premioooo” que anunciaba un vendedor de boletos para una rifa que se hacía a lo largo del partido. Siempre alguien le decía “un pico y una pala” y no puedo reproducir aquí lo que el vendedor de boletos contestaba…

Aún podías seguir los resultados de todos los encuentros (el dinero de la televisión aún no había acabado con que todo los partidos se jugaran a la vez, los domingos, a la taurina hora de las cinco de la tarde) en un marcador simultáneo que consistía en una endeble estructura metálica con una casetilla. El encargado del marcador, cambiaba el número cuando se producía un gol, manualmente, o mejor analógicamente, como diría un millenial.

Olores, sabores y sonidos…si querías oír la radio, no había iPod, ni móvil, ni auriculares, sino que la gente llevaba el aparato de su casa y lo mantenía junto al oído todo el partido, mi padre entre ellos, escuchando al maestro Araujo. El Jueves, 3 de Octubre, ahora sí, con mi iPod y mis auriculares, viendo a este Sevilla pentacampeón de la Europa League, tuve uno de esos momentos de nostalgia en el campo, casi un déjà vu, al escuchar la narración de Araujo del Sevilla-Apoel, que con ocasión de su 75 aniversario quiso regresar al micrófono con todas las de la ley, narrando… Y no pude dejar de pensar en aquel Sevilla, y en mi padre, con el que seguimos yendo siempre al campo mi hermano y yo, aunque ahora, él se sienta en el tercer anillo.

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