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Identidad

Entro por primera vez en este patio de columnas blancas, agradeciendo la elegante invitación de sus arquitectos, y la complicidad de mi amigo del alma y vecino de asiento en nuestro particular teatro de los sueños. Y de alguna manera, en este primer paseo, rescato de mi memoria imposible el escudo suizo que mi abuelo Juan Pablo Barrero estrenó sobre su corazón un 16 de octubre de 1921, en un partido con el Casa Pía de Lisboa. Y lo beso. Y pienso en nuestra identidad, y en cómo se compuso desde aquellos primeros años de albero, cuero y fotos sepia, esa sinfonía compleja y única que es el sevillismo.

Un modo de vivir ya entonces aquél juego de pelota que, cuando el equipo salía lejos de Andalucía, era ya reconocible y admirado. Preciosismo, alegría, pase corto, entusiasmo, ambición, virtuosismo, autoexigencia, compañerismo. Unos valores que trascienden la forma de entender ese juego y se inyectan en la médula de un Club, que desde entonces, participa de esa identidad impregnando todos sus estamentos.

Barrero, en un artículo que publicaba el diario sevillano “La Unión” en marzo de 1925, se refería a ello: “un dribling original es uno de los mayores encantos para un aficionado andaluz, dos provocan ya una suerte de entusiasmo, y si son tres, la ovación se acompaña de sombreros al viento que se desprenden rápidamente de la cabeza de sus poseedores”.

Esa identidad está viva, sigue hoy definiéndonos, y podemos concluir sin temor a equivocarnos, que cuando el Club ha sido más fiel a esos principios y ha sido más “sevillista”, es cuando hemos alcanzado y tocado la gloria. Por eso, en este primer paseo, me paro y reconozco esta identidad colectiva, y la encuentro en uno de los nuestros. Aquel niño de ojos azules y mirada inquieta, que saltó al campo en noviembre de 2003 de la mano de Joaquín Caparrós, conserva hoy en los dominios de su banda derecha, la llave y la esencia de lo que somos. Más allá de la casta y el coraje, que también, están la humildad sincera, la discreción justa, la entrega sin límite, la asistencia precisa, la carrera emocionante, el recorte certero, la alegría desbordante, y el ejemplo de una profesionalidad que supera expectativas.

Ahí es donde cobra sentido el abrazo emocionado y ya imposible con tu padre tras un gol, la alegría total del triunfo en los ojos de tu hijo, la cerveza y el cántico en un bar muy lejos de Sevilla, la bufanda dormida en ese rincón de tu armario, la tertulia de amigos viviendo la amistad en sevillismo, y aquella alineación de memoria con la que rezábamos cada noche después del partido.

Por eso, Jesús, vaya desde estas columnas blancas, mi admiración, respeto y emoción, y si me permites, un ruego: sigue contagiando sevillismo en ese vestuario sagrado de ropas blancas, y reparte con generosidad esos valores que nos han hecho, contigo, grandes.

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