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Autor
FRANCISCO ROMERO 27/10/2019

En la pertinaz búsqueda del fin de ciclo

El reciente fallecimiento de José María Negrillo (qepd), ha vuelto a recordarme esa extraña mezcla entre gloria y desventura que, desde su misma fundación, envuelve a nuestro Sevilla. Más adelante diré porqué.

Desde siempre, pero sobretodo en la última época, los sevillistas en general hemos (mal) vivido al haberse instituido una insana simbiosis (exigencia, también la llaman) entre la búsqueda constante de la excelencia y la pesadumbre por una mediocridad que, en realidad, al menos a nivel regional, nunca fue tal.

Durante mi niñez, entre Alanís y el internado, mis intuiciones, más que vivencias, sobre los éxitos del Sevilla, se centraban en las elogiosas palabras que mi padre brindaba al campeón de Liga, Juanito Arza (“el único que me ha superado en clase”, como le gustaba presumir); ya en mi juventud se ceñían a los recuerdos de la final copera del 48, en la que mi tío Paco encumbró a Mariano y, ya en la madurez, a la del 62, la misma que me contó y recontó José Carlos Diéguez (“nunca debí dejar tirar el penalti a Mateos”) en el mostrador de acceso a las oficinas del Ramón Sánchez Pizjuán, donde se jubiló.

Con esos antecedentes, ya me permitirán entender la “locura” que, junto a miles de sevillistas, acometí con mi familia el 20 de abril de 2006. ¿El Sevilla en una semifinal europea? ¿Cuándo nos veremos en otra? ¡A Gelsenkirchen! Porque, ¿quién aseguraba que, a renglón seguido, vendría Eindhoven? Y después… Mónaco, Glasgow, Madrid, otra vez Madrid, Barcelona, Turín, Varsovia, Basilea… y desde entonces mi relación de amor y odio con Cofidis.

Un auténtico deleite que, pese al intento lógico de los que “no sienten como yo” y al absurdo despropósito de algunos de los propios, he disfrutado siempre como si fuera la última vez.

Viene todo esto a cuento por ese afán desmedido (¡cuerpo a tierra que vienen los nuestros!) de hermanos de sentimiento, inconformistas, que llevan la crítica más allá de lo que recomienda la prudencia, que no disfrutan del sosiego suficiente para deleitarse con cada uno de los grandes momentos vividos, pero, sobretodo, por pretender fastidiar el natural regocijo de una mayoría en el inconcebible intento de provocar un harakiri colectivo.

¿Alguien pone en duda todo lo que, antes de convertirse en judas, nos dio Juande Ramos? ¿Hemos olvidado, sin embargo, que se pidió su destitución tras empatar con el Español en la sexta jornada de la misma temporada de “lo que sucedió en Holanda”, y que ocurrió lo propio en enero, a cuatro meses de Eindhoven, tras caer en Copa frente al Cádiz?

Aunque al final sucumbieran ante la evidencia, ¿recuerdan cómo se ridiculizaron los inicios de los Alves, Kanouté, Luis Fabiano o David Castedo?

¿Algunas dudas sobre Unai Emery, el “hombre-carabela” que se empeñó en traer plata europea por el Guadalquivir, ahorrando los costes de atravesar el charco? Lo de éste, si cabe, todavía es peor, pues sus críticos de entonces lo siguen siendo aún (“tres títulos continentales pese al de Fuenterrabía”).

Dejo para el final una referencia (para mí la más aciaga) a Manolo Jiménez, un técnico cuyo mayor error lo cometieron sus padres al elegirle Arahal como cuna. Pese a quedar quintos en su primera temporada, tras el adiós de Antonio Puerta, la fuga de Juande y la intentona de Alves, sus números igualaron a los de los colchoneros, cuartos clasificados. En la segunda, clasificó al Sevilla tercero con Romaric y Duscher como “baluartes” de la parcela ancha y como cabeza de serie en el sorteo Champions. En la última, una de las mejores de nuestra historia, a mediados de marzo, nos tenía en tres competiciones.

Sus críticos se contaban por docenas. Escribía a la sazón José Manuel García en El Confidencial: “… Y no fue coser y cantar precisamente, pues el tenaz técnico sevillano tuvo que salvar un exuberante muestrario de trampas vietnamitas del grupito de la llamada secta antijiménez, que encendió candela en sus foros para negar pan, sal y oxígeno al arahalense”.

Fue por entonces cuando, en un tradicional almuerzo en Antares de la Asociación Cisneros, tuve la ocasión –también la osadía- de debatir sobre la continuidad del entrenador con José María Negrillo, una institución sevillista a la que Dios tenga en su gloria. Tras hacer pública su opinión desfavorable -digámoslo así- le espeté: “En octavos de Champions, clasificados para la final de Copa tras eliminar al Barcelona y cuartos en Liga, a tres puntos del tercero, Valencia… no sé qué vamos a dejar para cuando lleguen las vacas flacas”. Los asistentes ponderaron por igual ambas intervenciones, lo que demuestra que en el término medio está la virtud, que la indulgencia solo procede tras un previo e intenso esfuerzo y que la crítica pone las orejas tiesas a los dirigentes, pero que (y ahí radica el fallo) ésta nunca debe ir más allá de lo razonable.

Lo tengo claro: desde aquel 20 de abril en Alemania, me dedico a disfrutar, no habéis podido quitarme la ilusión pero, también os demando, no cejéis en vuestra exigencia… ecuánime y cabal porque esto es el Sevilla Fútbol Club

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