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Monchi
ENRIQUE VIDAL 19/09/2019

Otra obra blasfema de Monchi

Desde el púlpito de la moralidad, el republicano de Sullivan (Indiana), William H. Hays, perpetuaría su apellido como padre de la censura en el cine estadounidense bajo un código (“A Code to govern the making of motion pictures”) que, desde 1934 hasta 1967, metió el dedo del puritanismo en la llaga de los crímenes, el alcohol, la religión o la sexualidad, entre otros asuntos tabú para el muy hipócrita bestiario de miedos yanquis. En su período más crudo, el Código Hays sirvió de pretexto para purgar a cineastas incómodos, trasgresores, outsiders, acusados de antiamericanismo, con procesos y penas no sólo estrictamente legales, sino también sociales, como la exclusión, el ostracismo y el olvido. La denominada “caza de brujas”, con su carrusel de delaciones infames, cercenó la carrera profesional de no pocos talentos e hizo añicos su prestigio, su honor y el de sus familias, llevando a algunos de ellos a la indigencia o el suicidio, tras haber sido señalados, como el Billy Bones de Stevenson, con la temida mota negra de un supuesto comunismo.

Sin ir tan lejos, la Junta Superior de Censura Cinematográfica de la dictadura en España impuso también sus propias condiciones y criterios –Spain is different– para la producción y exhibición de obras cinematográficas, mostrando singular fruición en la amputación de fotogramas y la alteración de los diálogos mediante un uso creativo del doblaje en el caso de las filmaciones extranjeras, con algún que otro sonado despropósito. Tanto el Código Hays como la censura franquista, bajo el velo de un pretendido bien social general, perseguían educar, manipular y, en definitiva, influir sobre el pensamiento y la conciencia de las masas a las que supuestamente “protegían” de las inconveniencias y salidas de madre de cualquier desaprensivo artista que quisiera filtrar mensajes subversivos o simplemente inapropiados entre el inocente público de la posguerra que acudía a las sesiones dobles de su cine de barrio.

Estos ejemplos, por más que puedan parecernos estadios superados por la evolución de los tiempos, siguen coexistiendo con nosotros, en muchos ámbitos y múltiples formas. Si me apuran, la censura, como la discriminación arbitraria o los atentados contra la sana competencia, en el mundo que aquí nos importa, que es el del fútbol, viven su mejor momento, perfeccionados en sutilidad, disfraz o cinismo, como un virus que resiste y se adapta a los nuevos desafíos que le presenta el día a día. Es curioso, o no tanto, que la censura del chivatazo a la carta de la LFP actúe siempre contra los mismos y nunca contra esos otros mismos. Es llamativo, también, que el VAR, una herramienta conceptualmente impecable, esté sujeta al todo ok José Luis de turno en manos de una autoridad arbitral con inclinación estadística a dejarse llevar por la corriente. Es indignante, para finalizar, que el reparto de los derechos de TV genere diferencias descomunales entre los participantes en una misma competición y que el criterio principal para ello resida en un dato –la audiencia camuflada bajo el eufemismo de la implantación social- pervertido por el propio sistema, que se dedica a retroalimentar a los mismos de siempre, ignorando las apariciones del resto, salvo que sirvan para erosionarlos.

Pero no perdamos la esperanza. Al igual que los censores del cine americano y del español inspiraron con sus castrantes grilletes maravillosas obras maestras del Séptimo Arte, fruto de la adversidad y de la propia necesidad de buscar por caminos indirectos -más inteligentes, más ricos, más imaginativos- llegar a la meta deseada, las dificultades que los más poderosos siguen poniendo a quienes osan menearlos de su pedestal han propiciado en el balompié patrio singularísimos casos de ingenio y reinvención, entre los cuales, sin ninguna duda, destaca poderosísimamente el Sevilla Fútbol Club de nuestro acreditado Ramón Rodríguez Verdejo. Ha regresado Monchi entre nosotros, desde su exilio romano, como lo hiciera Buñuel a España a principios de los sesenta para rodar Viridiana, burlando dificultades, cortapisas administrativas y herencias envenenadas, con la ilusión y la osadía de ofrecernos otra pieza cumbre de las suyas, otro equipo de leyenda, en este nuevo ciclo recién iniciado. No es fácil repetir empresa, como tampoco le resultó sencillo a don Luis regatear a los inquisidores con aquel film tan memorable, pero si el genio aragonés consiguió alzar la Palma de Oro en Cannes y rasgar vestiduras en el Vaticano y el Pardo, por qué no volverá el de San Fernando, con su flamante troupe, a levantar plata y provocar otra vez pesadillas con un seísmo (de seis güefas, por ejemplo) yonkigitano. Ojalá este nuevo Sevilla de Monchi se convierta, como Viridiana, en otra obra blasfema que profane el mausoleo de nuestro fútbol; otra envidiada masterpiece que desate el escándalo allá por donde se exhiba.

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