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CORNELIO VELA 21/09/2019

La rivalidad con el Real Madrid

Ha querido el destino que la vuelta de columnas blancas coincida con un nuevo enfrentamiento con el equipo de la capital de España. No voy a ser yo quien descubra a estas alturas que los partidos contra el Madrid (que aquí lo despojamos del título real sin ningún otro ánimo que el de aligerar pronunciamientos) son unos partidos marcados por una especial rivalidad, distinta a cualquier otra conocida.

Tampoco se trata de enumerar, como cuestión preliminar y  a la vez justificativa, la cantidad de veces que hemos presenciado como se les beneficiaba desde el estamento arbitral o federativo. Ahí está la hemeroteca, las fotos de una red rota en un gol imposible y las actuaciones de algún personaje, otrora jugador y hoy comentarista de verbo barrroco, para ilustrarlo. No se trata de lamentar (los Sevillistas no somos así) pero tampoco de olvidar.

La rivalidad que yo he vivido, la que vivieron los que me precedieron, es una rivalidad muy diferente a la que podemos tener con el otro club de esta ciudad, e incluso con la del otro equipo de la capital. Con los primeros la entendemos como una parte más de esa dualidad que a los sevillanos tanto nos gusta. Son como son, pero son los nuestros. Con el Atleti la disputa es más de estilo, ya me entienden. Pero con los merengues, la cuestión está enraizada en las propias entrañas del sevillismo, legado recibido de quienes nos enseñaron a ser Sevillista.

Frente al Madrid, el sevillismo saca a la luz la máxima expresión de su rebeldía al conformismo. Nunca hemos llevado bien eso de ser “de provincias” en su tono más despectivo. Ni es una mera disputa entre radicales. Si me apura, es la rebelión burguesa Sevillista que aflora su nacionalismo más sevillano. Es algo más allá del fútbol y que no tiene nada que ver con ideologías políticas o meras pugnas localistas. Es mucho más profundo. Es la reivindicación de nuestro saber hacer y de nuestra capacidad, el rechazo más profundo al tópico y a la infravaloración. El orgullo frente a la arrogancia y el señorío frente al desdén.

Cuenta mi amigo del alma, Juan Pablo, que su abuelo “Barrero”, que fue jugador del Sevilla en los años 20 y nuestro primer traspasado al Real Madrid, una vez retirado del fútbol y afincado ya en la Capital de España como Notario, cuando el Sevilla visitaba el Bernabéu, se volvía a sus amigos y coincidentes en la grada y les decía: “Mucho cuidado con lo que aquí se diga, que hoy juega mi SEVILLA“.

Así somos. Sin necesidad de ser antialgo, porque en eso no perdemos ni el tiempo ni la energía, con el respeto al contrincante sea quien sea pero con la firmeza del que nunca se siente inferior. Y en el fútbol tampoco.

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