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ENRIQUE BALLESTEROS 20/10/2020

Asalto al cielo

Veníamos de la catedral protestante de St.Paul, de comprarnos una camiseta en el Emirates, de cruzar el puente de la Torre y de cantar el “God save the Queen” en el mismísimo Buckingham Palace. Estábamos exultantes. Nuestro equipo se había clasificado el día anterior por segundo año consecutivo a las semifinales de la Copa de la UEFA. El Sevilla superó con nota la prueba del añejo White Hart Lane entre terribles sufrimientos (los míos) y la tranquilidad del Tío Pepe (la de él). Teníamos un día por delante para patear una de las ciudades más importantes del planeta, con un tiempo extrañamente estupendo, y a la que viajábamos ambos por primera vez. Y gracias, porque a punto estuvimos de perder uno de los dos vuelos que nos trasladaría a Reino Unido. Con la ilusión por parte mía de visitar todos los lugares y escenarios deportivos posibles, y por parte suya de conocer la torre de Willy Fog o cerrar cualquier pub de Picadilly, nos plantamos en uno de los barrios más pijos de la ciudad en una escala ineludible para cualquier friki futbolístico: Stamford Bridge, el estadio del Chelsea.

Juro que no había otro objetivo que contemplar el exterior y, a lo sumo, visitar su tienda. No íbamos a perder más tiempo porque había mucho camino por recorrer. Instalado entre chalés que parecen pequeñas mansiones, “The Bridge” se encontraba dentro de un recinto que te recibía con un espectacular mural donde se podía ver a todos los socios del club posando en la foto de equipo con el resto de jugadores “blue”. Lo dicho, fotos de rigor y a dar una vuelta buscando la tienda. Fue en ese instante cuando encontramos una de las puertas del estadio abiertas. Evidentemente, nos adentramos.

Y más aún cuando a aquello le faltaba la alfombra roja. Sin vigilancia ninguna queríamos nuestra estampa con el césped de fondo. Entonces, empezamos a subir escaleras, escaleras y escaleras. Arriba del todo y ya con el esfuerzo realizado, ya no nos íbamos a quedar atrás. Proseguimos en nuestro viaje al centro de nuestro universo. Dedujimos que aquello no era un vomitorio de entrada de aficionados normal y corriente. Y más cuando ya entre pasillos que bien podían pertenecer a los de un hotel nos cruzamos con una cocina. Tras ella, despachos, uno de ellos de Barclays Bank y, al final del todo, una puerta que destacaba sobre las demás. En ella un letrero bien nítido: “Roman Abramovich, owner”. “¿Entramos o no entramos?” “Venga, lo intentamos”. Fue tocar el pomo y saltar todas las alarmas de la instalación. Acojonados, salimos corriendo. No se sabe dónde. Tocaba bajar escaleras de emergencia; y mientras nosotros descendíamos, ellos con más rapidez subían.

Mi compañero se identificó rápido como componente del orden y la ley mientras nos empotraban contra la pared. Chequeados, interrogados y, con las cámaras temporalmente confiscadas, nos invitaron a recorrer de nuevo el camino que habíamos hecho dentro de Stamford Bridge. Como era de esperar, no supimos repetir la senda que habíamos atravesado minutos antes. Al final nos dejaron en paz siendo incluso despedidos amablemente en el gran mural de jugadores y socios. Con la adrenalina por las nubes, cogimos el tren (que no el metro) y en él coincidimos con un padre y un hijo ataviados con la camiseta del Chelsea. No dudamos en contarles lo que nos acababa de pasar, nos miraron entre alucinados e incrédulos, y empezamos a hablar de fútbol. Cuando nos tuvimos que despedir, mi colega y yo le dijimos al crío, que ahora me lo imagino…. (poned el estereotipo que queráis), que volveríamos al lugar de los hechos en cuanto el Sevilla visitara al Chelsea.

Más de 13 años después ha llegado ese momento. No cumpliremos esa promesa al viento, por supuesto por razones obvias de pandemia como principal causa. Pero el recuerdo y la deuda quedan pendientes en ese escenario ahora que llega Handel a nuestras vidas para llevarnos de la mano al olimpo del fútbol continental. Esa melodía que ha servido siempre para coronar a los reyes de Inglaterra desde la época de Jorge II y que, adaptada por Tony Britten, ahora sirve para presentarnos los partidos de fútbol más importantes de Europa. En esos donde el Sevilla FC comienza su andadura, en el barrio de los pensadores de Londres en la vertiente norte del revirado río Támesis, a lo que tiene que ser una empresa motivadora y apasionante ahora que se habla de objetivos ambiciosos, muy ambiciosos.

En el último lugar que nos faltaba por visitar del “Big Six” de la cacareada Premier League (1V 2E 2D), el Sevilla debe seguir la lenta progresión de la que está disfrutando en los últimos tres lustros. No solo seguir afianzándose en la zona noble de la competición doméstica, codearse con los mejores y acaudalados clubes del mundo en este escaparate internacional, sino, por qué no, traducirlo en resultados interesantes, como esos históricos cuartos de final de 2018. Una competición de prestigio, tronío y gloria, que empequeñece a los que no la disputa y que obsesiona a quienes quieren ser el tercer club de España en conseguirla tras Real Madrid y Barcelona. Aunque sea desde el sofá, vamos a intentar paladear de esta grandeza porque los sueños, incluso, son como una puerta abierta, inesperada, que te puede llevar a los pasillos de la ilusión y que, a su vez, te conducen a un éxito que creías imposible de conseguir.

CARLOS MARTÍN 15/10/2020

Sé de un lugar

(Suena Triana con el recuerdo vivo de Jesús de la Rosa y el eco de un gol en el Sánchez Pizjuán aún fresco en la memoria).

Eduardo Galeano, escritor uruguayo fallecido el día antes del 2 a 1 de la ida de cuartos de final contra el Zenit, es decir cuando solo tres Europa League decoraban las vitrinas en abril de 2015, llamó a las cosas por su nombre en ‘El Fútbol a sol y sombra’ para expresar mediante sus relatos lo que muchos comenzaríamos a sentir desde hace algunos meses. “Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”.

En estos tiempos de parones prematuros a causa de las selecciones, y en los que añorar el fútbol de verdad, el de los clubes, parece que está en una posición preferente en el listado de pecados capitales, es inevitable acordarse con cierta morriña de las rutinas y emociones que han ido dando sentido a esta pasión. Cuadrar los compromisos y el festejo familiar según los partidos de local, un horario que te parte el día o un árbitro que no agrada a nadie. La eterna cola a la puerta del estadio mientras suena el himno con otra previa muy corta en una semana muy larga. Una avalancha tras un gol en el descuento. Tres puntos de oro que volverán a quitarte el sueño por la adrenalina postpartido y hasta una almohadilla bajo el brazo que escucha nuevamente camino de casa que no se juega a lo que se jugaba antes. Quién nos iba a decir el pasado 1 de marzo tras vencer a Osasuna en el último partido en casa que la nueva normalidad nos dejaría sin detalles así.

Aficionados herederos de una rutina llena de nostalgia con un fútbol huérfano de bufandas de un gran valor sentimental que volaban al viento para ser perdidas en las gradas. Robaron algo que daba sentido a una vida en blanquirrojo y que era recetado como mínimo una vez cada quince días. Una vacuna que durante 90 minutos era capaz de sanar todas las taras. Porque este amor, que fue creciendo hasta convertirse en locura camino del estadio y no frente la pantalla, también sabía de exilios en lugares como Carranza, Chapín, Nuevo Arcángel o Almendralejo. ¿Y quién ha levantado la voz para hablar de esta pérdida? ¿Qué estamento, parte implicada u colectivo se ha puesto en la piel del aficionado para comprender este escenario o acortar los plazos? Efectivamente, las mismas que en anteriores en ocasiones levantaron la voz por el cambio de sede de la supercopa. Cuidar al aficionado no es un discurso que venda ni genera un valor añadido porque se sitúa al lado del eslabón más débil de la cadena. Incluso en ciertos campos se vive mejor sin que se apunte al palco, se escuche el runrún en la grada si no llegan los cambios o se falla a puerta vacía.

En este nuevo tiempo en el que se habla de pérdidas económicas o de derechos de televisión se cuelga el ‘no hay billetes’ mientras los aficionados son sustituidos por un decorado virtual que tapa los asientos vacíos. El pregonado ‘Respect’ con su ‘animar no es insultar’ es una realidad exitosa al sonar una banda sonora artificial con cánticos en los que no es necesario el temido ‘apuntador’. Un escenario ideal en el que ya no hace falta cuidar los productos de las barras, negociar los precios como visitantes o comparar el cupo de entradas que se asignan a los socios y a los patrocinadores. La situación sanitaria manda mientras la sección de deportes muestra por televisión como un nuevo estadio en Alemania, Holanda, Bélgica o Francia abre sus puertas a un representativo porcentaje en las gradas.

Aunque en este nuevo escenario en el que nos encontramos toca detenerse en los segundos de diferencia que rompen cada semana con la magia. Esos que separan el canto de un gol entre los que ven el partido en la barra del bar por TV, desde la App móvil, en la plataforma de pago o lo escuchan por la radio. 90 segundos de diferencia que hacen que cada tanto deje de ser un grito unánime y se convierta en un eco cada vez más apagado. Un festejo escalonado que quita la emoción en casa a cada ataque sabiendo que algún otro lugar, si fue gol, ya se cantó.

Una situación que sirve para actualizar el poema de Martín Niemöller. “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi no había nadie más que pudiera protestar.” Se llevaron tantas cosas que incluso se perdió la emoción del gol.

Ojalá aún no sea demasiado tarde para pelear por el aficionado. Ojalá pronto se pueda cantar ese gol. Ojalá se regrese al lugar en el que todo cobra sentido. Hagan posible la vuelta al Sánchez-Pizjuán.

Fidelidad y evolución

Fidelidad no significa inmovilismo. La “fides” latina hace referencia a la confianza, a la lealtad, en definitiva a la fe en unos valores, en una forma de actuar, en una creencia. Normalmente alimentada por resultados positivos, no siempre se ve acompañada de éstos. La “fe del carbonero” ensalza precisamente la adhesión a una convicción y la coherencia con unos principios, para las que no es necesaria mucha ciencia, que prevalece independientemente del destino adonde conduzca.

Cuando la fidelidad es ampliamente correspondida por los resultados, es muy difícil dar el siguiente paso. Se requiere confianza, estabilidad, unidad, audacia y una dosis de ambición lo suficientemente desmedida, pero medidamente orientada, para acometer la subida al siguiente escalón. Digo bien, solo un escalón, solo así se llega hasta arriba. Saltando varios a la vez, el riesgo de caer escaleras abajo crece exponencialmente.

Faltarían otros ingredientes: el trabajo, la constancia, el equipo y la fortuna, cuya mejor definición encontramos en esa que sugiere que la suerte no es más que el cuidado minucioso de todos los detalles. Ahora sí tenemos todo, ahora podemos y debemos subir un peldaño.

Cerrado el mercado de fichajes, varias señales nos indican que nos disponemos a seguir creciendo, a subir por esta compleja montaña del fútbol y la alta competición:

  • La permanencia en la plantilla de los profesionales clave sobre los que se han construido los éxitos deportivos de la temporada recién finalizada;
  • La consecución de la sexta Copa de la UEFA Europa League, la clasificación para disputar la fase de grupos de la UEFA Champions League, la cuarta plaza en el duro y exigente Campeonato Nacional de Liga, y los flujos de ingresos que estos resultados garantizan;
  • La consolidación de un técnico que ha logrado en un plazo admirable, imponer un estilo y un esquema que permite obtener lo mejor de cada componente de la plantilla, bajo principios que nos definen: exigencia, intensidad, casta y coraje, ofreciendo una imagen de cohesión, robustez y circulación como pocas veces hemos visto;
  • La dirección deportiva, que añade a una metodología contrastada para identificar talento, hacerlo crecer, crear valor y vender para volver a fichar, la inoculación del gen de la entrega y el triunfo nada más bajar del avión a cualquiera que llega para defender la camiseta.
  • El extraordinario trabajo del equipo de preparadores físicos, que han impuesto un elevado estándar de forma, resistencia y fondo, claves en la competición, en el fútbol moderno y en un calendario más tensionado de lo recomendable;
  • El inmenso valor del intangible conseguido en competencias críticas como la motivación individual, el compañerismo, el orgullo de pertenencia, la autoexigencia, la familiaridad y el compromiso;
  • El respeto, sobre el que ya escribí, ese hito tan sencillo pero fundamental para crecer, ganado por fin y a pulso tras 130 años de historia viva, que requiere del rival un esfuerzo adicional y que siempre suma;
  • La organización, una estructura engrasada en la que valiosos profesionales responden a perfiles de una compañía de alto rendimiento, con esquemas de competencias, relacionales y de desarrollo propios de la nueva gestión de recursos humanos y financieros, con una visión internacional y empujando una marca cada vez más valiosa;
  • El compromiso social que va más allá de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, con una Fundación que debería avanzar en sus programas, visibilidad y presencia.
  • La afición, ese activo sin el que nada tendría sentido, un colectivo que siente latir de forma sincronizada el bombeo imparable, alegre, identitario y familiar de un escudo, de una bandera, de una memoria, de una personalidad que nos une en la complicidad del sevillismo, ese que nos hace emocionarnos cuando salta al campo el equipo, ese que nos lleva por Europa en volandas de amistad, ese que nos ha regalado vivir momentos únicos con nuestros padres, con nuestros hijos y nietos.

Los mimbres están, pero los riesgos también. Y siempre hay que medirlos y saberlos gestionar para poder evitarlos o al menos reducirlos. Esta ola de éxitos deportivos, este proyecto empresarial consistente, esta marca reconocida, atrae y no es casualidad, la atención creciente de inversores ajenos al entorno del Club, como ocurre en todo el mundo y especialmente a raíz de la generación de retornos financieros que igualan y superan rentabilidades obtenidas por otros activos en el vasto universo del mercado de capitales.

Y aunque no hay razón inicial para concluir un conflicto de intereses entre una rentable inversión financiera y un exitoso proyecto deportivo, lo cierto es que algunos ejemplos en el fútbol doméstico y europeo nos indican que no siempre se gana cuando se invierte, que debe existir detrás un propósito, la fidelidad a unos valores, la ambición de crecer sobre lo construido, peldaño a peldaño, sin renunciar a nada pero siendo conscientes de dónde venimos, y sobre todo, incorporando en el ejercicio la humildad, el sentimiento, la esencia y la patria que es el sevillismo y nuestro Sevilla F.C.

Estamos preparados, demos el siguiente paso, subamos el siguiente escalón, pero hagámoslo sin perder el equilibrio.

Autor
ALFONSO RAMOS 13/10/2020

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